Nota de Opinión: "Cuando No es No"

Sociedad 19 de julio de 2018 Por
No es no, y cuando “No” “parece” un “sí” o un “si” en realidad es No.
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 Partamos de una base: no importa el contexto, el lugar, el momento, hasta donde hayan llegado, si dice que no, es no. Y muchas veces si no lo dice, también.

 Y no es no, solo porque hace falta aclararlo. Porque la mujer no puede vestirse e irse, porque se da a entender que si llega a la habitación de un hombre se la estaba buscando, y está siempre, innegablemente, en una posición de desventaja, de peligro.

 Como sociedad estamos acostumbrados a pensar que si una mujer llega a la habitación de un hombre, está accediendo a tener relaciones; no puede arrepentirse, no puede confundirse, la mujer es quien debe estar acostumbrada a cuidar su integridad (y su seguridad). Mujer que llega a la habitación de un hombre y no quiere es histérica, mujer que sufre acoso, violación o agresión, verbal o física, en la habitación de un hombre se la estaba buscando. Así una va por la vida acusada de histérica o de puta, sin grises, si no quiere es histérica, si quiere es rápida.

 Inevitablemente todo gira alrededor del deseo del hombre, y siempre se reduce al hombre a algo que se mueve por instinto, una cosa estupidizada que pone su placer por sobre lo que sea que le pase a su pareja (cosa = pajero) (muestra clara de cómo el patriarcado también los afecta a ellos)

 Pero a ver si nos ponemos de acuerdo, ¿Hace falta que las mujeres tengamos que decir “no quiero”? la respuesta puede herir sensibilidades: No. Es mucho más simple de lo que parece, ejemplifiquemos: Si Eva está borracha, drogada, inconsciente y no puede decir que no, adivinen, es NO. Que Juancito le haya pagado la cena a Juana NO quiere decir que ella tenga que decir que si. Si María se arrepiente, no importa a qué hora de la noche o cuanta ropa tenga puesta, es NO. Si Ana no tiene ganas, aun después de 20 años de casada, es NO. No importa el título que se le de a la relación, no importa si los protagonistas se conocen, si son desconocidos, amigos, novios, amantes o matrimonio; ni siquiera se trata de una cuestión de empatía, sino de respeto y entendimiento. En una relación consensuada, entre dos personas adultas, no debería ser siempre necesario el consentimiento verbal. Los signos de negación, de incomodidad y no disfrute de la relación que se está teniendo deberían ser suficientes para que la otra parte entienda cuando parar.

 Chicos, no les pedimos que se compren la bola de cristal, simplemente que abran los ojos, que interpreten y sean conscientes de lo le pasa a la otra persona, que eso también es responsabilidad y humanidad. No se trata de un hombre y una mujer, se trata de dos personas adultas y libres de decidir.

 Pero ¿Qué pasa cuando limitamos el bienestar de la mujer a algo tan mínimo como decir “no”? Nos arriesgamos a que semejante problemática parezca simple, lo que no puede estar más lejos de la realidad. También generamos que la relación sexual gire en torno al hombre, nos olvidamos de que siempre se trata de dos personas pensantes y conscientes uno del otro, y no simplemente de un individuo satisfaciendo las necesidades de un segundo. No hace falta interesarnos demasiado en la otra persona para respetar sus decisiones, no hace falta un vínculo para tener sexo, como no hace falta un vínculo para tener respeto, da igual si se conocieron esa misma noche o muchos años antes, da igual si hay un vínculo emocional o no. va mucho mas allá de eso... y no tanto. Incluso la palabra consentimiento, utilizada especialmente al hablar de casos de abuso, pone a la mujer en el lugar de objeto sexual. Ella da su consentimiento para que la pareja haga uso de su cuerpo, lo presta, lo cede, naturaliza eso de que la mujer tenga sexo sin esperar un disfrute, simplemente para satisfacción del otro. La relación sexual no se trata de consentir sino de consensuar, ambas partes deberían estar igual dispuestas a dar y recibir placer.


 El problema, es que vivimos en una sociedad en la que el objetivo de la mujer es satisfacer, la mujer no tiene voz, pareciera que no tiene derecho sobre su propio cuerpo y merece ser juzgada cuando pretende tomar decisiones sobre el. Y así vivimos con un título tatuado en la frente: puta, histérica... a veces ambas, pero no al mismo tiempo. Y así, incluso nuestras decisiones y nuestra manera de actuar varía dependiendo de lo que pudiera llegar a pensar el otro, del título que nos podría ser dado y del peligro al que en algunas ocasiones estamos expuestas solo por decir no. Esa palabra que parece tan simple es muy pesada. Por eso el no, no es siempre viable, da miedo, vergüenza, es muchas veces ignorado, menospreciado y casi siempre es innecesario. Por eso deberíamos poner más energía en aprender a escuchar, observar e interpretar que en exigir un NO.

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